domingo, 23 de mayo de 2010

Noches especiales


Ninguno de los dos podría decirte cuándo fue la primera vez que se vieron. Fueron tantas las noches que en ese bar sólo quedaban ellos dos, como siempre uno en cada extremo de la barra… Quizá la primera noche fuese la segunda o la tercera.

El camarero ya les conocía. Daban las 4 de la madrugada, el bar se iba vaciando y siempre quedaban ellos dos ahí, viernes tras viernes, empapando en alcohol la semana como dos ríos moribundos que huyen hacia delante, que desembocan en el mar por desembocar en algún sitio. Y siempre la orquesta de fondo, interpretando piezas de jazz con tal perfección que a veces uno podía llegar a olvidarse de su existencia (ésa es la magia de las orquestas de jazz).

Estaban tan acostumbrados uno a la presencia del otro que ella no se dio cuenta de que, a partir de una noche como otra cualquiera, él empezó a aparecer con una pequeña libreta y un bolígrafo. Él tampoco advirtió que ella había cambiado su perfume.

Un viernes más, ella acudió a su habitual lugar de huída, pero según iban pasando los minutos (largos como vidas solitarias) y él no aparecía, sintió una desilusión que jamás habría sido capaz de confesar.

Su corazón calmó su latido al descubrir un par de pequeñas hojas de cuadros en el sitio que hasta ese día él solía ocupar. Ella se levantó con curiosidad para leerlas, y de repente sus ojos se inundaron de una sensación muy diferente a la tristeza que hacía tiempo que le atormentaba. Justo en el lugar que debía ocupar la orquesta, de repente apareció él con su guitarra y con la firme decisión de que ésa no sería una noche más:

Ojalá que suba la marea hasta tu pelo,
que caiga nuestra ropa por el suelo
en alguna pensión,
para no poner muy alto el listón
del deseo.

Ojalá que no tenga que salir a buscarte,
que no llegues tarde a la cita,
que sea yo en quien pienses
cada noche cuando, al acostarte,
te tocas y te excitas.

Ojalá que te encuentre en la fiesta del barrio,
que la orquesta guíe nuestros pasos,
que nos sorprendan
el sol y el barrendero
borrachos bailando.

Ojalá que vengan tiempos mejores,
que me pongas los cuernos de la luna,
que beba entre tus piernas los licores
que guardas para noches especiales,
que esta canción de cuna
por fin cure mis males.

Ojalá que no quieras quedarte y tengas prisa,
que nos entre la risa al despedirnos
y no me ponga tonto.
En fin, que no quede ridículo
ser nosotros mismos.

Ojalá que te encuentre perdida en los bares,
que la ciudad sea uno de esos lugares
donde vale la pena
cumplir la dulce condena
de estar vivos.

Ojalá que vengan tiempos mejores,
que me pongas los cuernos de la luna,
que beba entre tus piernas los licores
que guardas para noches especiales,
que esta canción de cuna
por fin cure mis males.

Ojalá que vengan tiempos mejores,
que me pongas los cuernos de la luna,
que beba entre tus piernas los licores
que guardas para tipos especiales,
que esta canción de cuna
por fin cure mis males.


Por eso, aunque no puedan recordar claramente cuándo las líneas de sus vidas se cruzaron, sí podrían decir con seguridad en qué momento exacto dejaron de ser dos desconocidos.

(DIEGO GARCÍA)

Letra de la canción: Pablo Moro




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