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viernes, 6 de mayo de 2011

Yo no creía en el amor... hasta que empezamos a bailar


- ¿Sabes? –decía mientras se concentraba en las ondas que generaba en el café con la cucharilla-. Creo que a veces la vida te pide estar solo, alejarte de alguna forma de la gente, estar contigo mismo y conocerte mejor. Y en uno de esos ratos de autointimidad, preguntarte qué es lo que esperas de los días, de las personas, comprobar los medios de que dispones y hasta dónde llega tu predisposición para llegar adonde deseas. Si uno reúne la valentía suficiente para responder(se) a todo eso, la mitad del camino estará hecho.
- ¿Y estás preparado para darte ese tiempo?
- Sí, de eso puedes estar segura. Soy joven y me puedo permitir un tiempo de soledad. ¿Meses? ¿Años? No sé cuánto tiempo será, pero creo que hasta que no tenga claro en qué consiste mi vida, no podré compartirla con nadie.

Justo cuando terminó de pronunciar esas palabras, el camarero llegó a su mesa con el cambio. Dejaron unas monedas en el plato de plástico y se repartieron el resto entre los dos. Se levantaron y, tras descolgar los paraguas de las sillas, se marcharon sonriendo por algo divertido que ella le iba contando.

Sus palabras jamás habían sonado tan sinceras como aquella tarde de Septiembre. Nunca podría haber mentido a su amiga de la infancia, a la que recurría cada vez que su maldita cabeza le traía problemas, así que en aquella cafetería no dijo más que lo que sentía. Tras muchas decepciones, se propuso a sí mismo un descanso. Mirarlo todo desde la perspectiva que se le supone a la soledad y empezar a tomar sus decisiones de forma más meditada. Esas frases salían de su boca y llenaban el aire de convicción, seguro como estaba de que eran el principio de una nueva vida, sin pensar que quizá estaba precisamente ante el final de la antigua.

Por eso, nadie hubiera podido prever lo que ocurriría después. Tras aquella conversación, le hubiera sonado a broma que meses después le acabaría saludando el tendero cada vez que pasaba por el puesto de flores de la plaza. No hubiera creído a quien le dijera que había tantos restaurantes románticos en la ciudad, que iba a terminar perdiendo esa inspiración que le hacía escribir siempre cosas tristes, que el olor de un perfume podía alegrarle el día o que el tren llegaba a tantos lugares que parecían construidos sólo para dos. Quién le iba a decir que aquella tarde de lluvia, mientras buscaba el futuro en la taza de café, no tenía más que levantar la mirada para encontrarlo.

(DIEGO GARCÍA)


Tonight there’s no one else above us,
it’s just you and me.
And all the idiots hanging around
don’t have a clue
what they’re trying to prove now.
But I've realized
I don’t believe in love… until we dance.




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domingo, 23 de mayo de 2010

Noches especiales


Ninguno de los dos podría decirte cuándo fue la primera vez que se vieron. Fueron tantas las noches que en ese bar sólo quedaban ellos dos, como siempre uno en cada extremo de la barra… Quizá la primera noche fuese la segunda o la tercera.

El camarero ya les conocía. Daban las 4 de la madrugada, el bar se iba vaciando y siempre quedaban ellos dos ahí, viernes tras viernes, empapando en alcohol la semana como dos ríos moribundos que huyen hacia delante, que desembocan en el mar por desembocar en algún sitio. Y siempre la orquesta de fondo, interpretando piezas de jazz con tal perfección que a veces uno podía llegar a olvidarse de su existencia (ésa es la magia de las orquestas de jazz).

Estaban tan acostumbrados uno a la presencia del otro que ella no se dio cuenta de que, a partir de una noche como otra cualquiera, él empezó a aparecer con una pequeña libreta y un bolígrafo. Él tampoco advirtió que ella había cambiado su perfume.

Un viernes más, ella acudió a su habitual lugar de huída, pero según iban pasando los minutos (largos como vidas solitarias) y él no aparecía, sintió una desilusión que jamás habría sido capaz de confesar.

Su corazón calmó su latido al descubrir un par de pequeñas hojas de cuadros en el sitio que hasta ese día él solía ocupar. Ella se levantó con curiosidad para leerlas, y de repente sus ojos se inundaron de una sensación muy diferente a la tristeza que hacía tiempo que le atormentaba. Justo en el lugar que debía ocupar la orquesta, de repente apareció él con su guitarra y con la firme decisión de que ésa no sería una noche más:

Ojalá que suba la marea hasta tu pelo,
que caiga nuestra ropa por el suelo
en alguna pensión,
para no poner muy alto el listón
del deseo.

Ojalá que no tenga que salir a buscarte,
que no llegues tarde a la cita,
que sea yo en quien pienses
cada noche cuando, al acostarte,
te tocas y te excitas.

Ojalá que te encuentre en la fiesta del barrio,
que la orquesta guíe nuestros pasos,
que nos sorprendan
el sol y el barrendero
borrachos bailando.

Ojalá que vengan tiempos mejores,
que me pongas los cuernos de la luna,
que beba entre tus piernas los licores
que guardas para noches especiales,
que esta canción de cuna
por fin cure mis males.

Ojalá que no quieras quedarte y tengas prisa,
que nos entre la risa al despedirnos
y no me ponga tonto.
En fin, que no quede ridículo
ser nosotros mismos.

Ojalá que te encuentre perdida en los bares,
que la ciudad sea uno de esos lugares
donde vale la pena
cumplir la dulce condena
de estar vivos.

Ojalá que vengan tiempos mejores,
que me pongas los cuernos de la luna,
que beba entre tus piernas los licores
que guardas para noches especiales,
que esta canción de cuna
por fin cure mis males.

Ojalá que vengan tiempos mejores,
que me pongas los cuernos de la luna,
que beba entre tus piernas los licores
que guardas para tipos especiales,
que esta canción de cuna
por fin cure mis males.


Por eso, aunque no puedan recordar claramente cuándo las líneas de sus vidas se cruzaron, sí podrían decir con seguridad en qué momento exacto dejaron de ser dos desconocidos.

(DIEGO GARCÍA)

Letra de la canción: Pablo Moro




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martes, 11 de mayo de 2010

Aunque no duerma contigo


Cuando en mitad de la noche un mal sueño le despertó, sintió esa extraña sensación de frío que no le hubiesen quitado ni todos los edredones del mundo.

Y no sirvió de nada recorrer la casa como un vulgar noctámbulo. Ni su visita al cuarto de baño, ni su repaso por los programas-concurso de la televisión. Ni siquiera su viaje a la nevera en busca de nisesabequé.

Permaneció sobre su cama sentado cinco, diez o mil minutos, no lo sé.

De repente, la habitación se iluminó levemente desde la pantalla de su teléfono móvil. Después fue su cara la que cobró luz durante un momento, enseñándole a la oscuridad esa sonrisa tan típica suya, que le sale cuando se muerde el labio inferior. Y entonces sí, con el beso de aquella noche empapando su ser, se abrazó a su almohada y supo que mañana, como venía sucediendo desde hacía ya unos meses, sería un nuevo día.
-
"Duermes…
insomne cruzo la casa y te busco intranquilo,
porque sueño a tu lado aunque no duerma contigo."




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(Dedicado a ella y a todos los demás estudiantes que se asoman estos días a la ventana a horas imprudentes y fantasean con volar a paisajes infinitos, o simplemente con escaparse persiguiendo al camión de la basura.)

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viernes, 19 de marzo de 2010

Hueles a noche de fiesta en pijama


Odia deshacer equipajes. Siempre ha dicho que le parece una de las cosas más tristes, y cada vez que saca una prenda de la maleta se le entornan los ojos o mira hacia abajo recordando el momento en que la doblaba y la metía mientras pensaba en cuándo podría utilizarla y la tachaba de su lista de “cosas para llevar”. Y se sonríe recordando cómo, en esa misma habitación pero unos días antes, se tenía que sentar encima de la maleta para poder cerrarla y conseguir que cupiera dentro toda la ropa, todas las cosas de aseo, toda la ilusión.

Pero hoy tocaba eso, y él ha vuelto a sentir esa extraña tristeza que queda tras dos días con los que llevaba meses soñando. Se siente como al final de un atardecer maravilloso, con un puntito de desánimo porque lleva mal lo de esperar a que el día siguiente vuelva a ponerse el sol. Quizá olvidando que las cosas especiales están ahí para aparecer de cuando en cuando, huyendo de la rutina como una tormenta de verano, y olvidando sobre todo que es eso precisamente lo que las hace especiales.

El jersey, los vaqueros, la sudadera de rayas… Todo ha vuelto ya a su armario.

Pero antes de terminar, se le ha empañado la mirada cuando ha encontrado entre sus cosas un cabello largo y rizado del color de la canela y la levedad del algodón. Y no ha podido evitar acercarse su pijama a la cara y estremecerse cuando, justo en ese momento, ha vuelto a sentir el olor de la piel más suave del mundo.


“Huele a todo lo que odio.
Y lo que quiero huele a ti.”





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lunes, 14 de diciembre de 2009

...que ponen comillas en sus vidas "normales"...


Todavía se acuerda del día en que la vio por primera vez. La sensación de esa misma noche al llegar a casa pensando que había seis mil millones de personas desafortunadas en el mundo porque no habían pasado esa tarde junto a ella, y él sí. Se acuerda de las primeras veces que se vieron, de los nervios, de los cines, de sentirla temblar en sus brazos, de los millones de planes que hacían para cada tarde. De las inconfesables ganas de que se estropeara de una vez el metro y no llegara nunca el momento de despedirse.

Se acuerda de todo.

Aunque hayan pasado ya algunos Noviembres, lo dibuja una y otra vez en su memoria como si todo eso hubiese sido ayer. Tampoco es que le cueste ningún esfuerzo porque en realidad fue precisamente ayer cuando ocurrió. Y antesdeayer. Y todos los días desde aquel invierno que tardó tanto en llegar.

Y hoy se ha dado cuenta de que siempre estuvo equivocado. Porque hasta aquel día en el que Madrid se hizo demasiado pequeño y las horas demasiado rápidas, hasta ese día, él había pasado su tiempo deseando vivir una vida especial, diferente a la que viven por ahí, a la que piden por ahí. Una vida rodeada de cosas que hicieran de su día a día algo original. Pero desde el mismo momento en que la vio salir por aquella boca de metro y hasta hoy, sentado junto a ella en el-sofá-de-ver-la-tele, sabe mejor que nadie qué es lo que de verdad hace que cada día huela a algo especial.

(DIEGO GARCÍA)

“Cuando se encienden las luces del patio
y cada uno se entrega a sus vicios privados,
yo pienso en ti.
Cuando un teléfono suena en el piso de al lado
y los periódicos arden como arden los años,
yo sólo sé pensar en ti.”



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miércoles, 2 de septiembre de 2009

Me pongo el sombrero para que no se escapen los sueños...





¿Cuánto tiempo llevan juntos? Cada vez le cuesta más hacer la cuenta. Al principio siempre esperaba a que llegase el día en el que podía mandarle un mensaje a ella en el que pusiera “un mes juntos!”, o “gracias por estos dos meses de sonrisas”, o “han sido los mejores tres meses de mi vida”… Han pasado ya casi cuatro años, y aunque quedaría repetitivo seguir con lo de los mensajes, a él no se le han acabado las ganas de sorprenderla cada día.

Y entonces se sorprende él porque toda la vida creyó que la llama del principio siempre se acaba apagando. Pero pasa el tiempo y su vida cada vez huele más a ella. Y ella huele tan bien… Su aroma es como el de esos ambientadores que siempre buscas porque sabes que son capaces de hacer que ni te acuerdes de los malos olores.

A veces, ella le pilla mirándola embobado, asintiendo a la vez que sonríe mientras piensa que sí, que al final era verdad lo que le decía todo el mundo. Que la gente tenía razón cuando le aseguraba que él acabaría encontrando lo que buscaba y que al final acabaría sabiendo lo que es amar y ser amado. "Por una vez la gente tiene razón", piensa.

Desde el día que llegó, ella le ha ido quitando a trozos la razón que él creía tener cuando pensaba que todas eran iguales. Que nadie iba a saber hacerle feliz durante más de unas semanas. Al fin y al cabo, era normal que acabara pensando eso, porque había ido eligiendo inconscientemente a las personas que más daño podían hacerle. Llegaban prometiendo y aparentando mil cosas y acababan olvidándose de que estaban tratando con material frágil. Quizá nunca lo supieron. Quizá no querían saberlo.

Ella es la única que desde el principio se olvidó de parecer la mejor. Quizá precisamente porque ya desde el primer día lo era.

¿Y dónde está el secreto?, se pregunta mientras olvida que esta vez el único truco está en que todo, absolutamente todo, es real.
(DIEGO GARCÍA)
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miércoles, 19 de agosto de 2009

Mi espíritu guerrero temerario


Después de un largo trago y unos segundos de silencio, siguió hablando ante la atenta mirada de su mejor amigo:

- El caso es que esta noche me desperté a las 5 de la madrugada pensando en ella. Y no sé si pensaba en su voz, o en su forma de arder… o en su voz mientras ardía. A lo mejor fue pensando en sus regalos con sabor a nube y lenguas de azúcar, o en esa película que no pude terminar de ver a su lado. Quizá me desperté mientras recordaba una vez más cómo se reía mientras se metía en el mar aquella noche. O puede que mi sueño se interrumpiera justo cuando volvía a mi cabeza su imagen sonriendo en algún bar cuando ella creía que no la miraba. O la suavidad de su piel, casi de mentira. O su mano empapada en sudor mientras subíamos por su calle. No lo sé, pero…

- Pero… ¿qué?

- Pero anoche, a las 5 de la mañana, dentro de mí sólo estaba ella… Y sería solamente durante un momento, pero fue como si la vida volviese al lugar en el que todo es más bonito.
(DIEGO GARCÍA)


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viernes, 24 de julio de 2009

Uno de esos días...


Desde hace ya casi un año, se siente feliz con su vida. Es una sensación que no tenía desde que era “sólo” un niño. Siempre le fastidió reconocerlo, pero el amor dirige su vida, y ahora que lo ha encontrado es feliz (aunque también le fastidie reconocer eso). Y en ningún sitio está mejor como cuando se va con ella a Espiral a tomarse algo y a disfrutar de todo. Este amor con olor a fresa, piensa, es justo lo que necesitaba para que todo empezara a rodar como debía. Ahora parece todo más fácil, y las cosas malas tardan lo que tarda él en darse cuenta de lo afortunado que es.

Pero hoy, en medio de una de esas épocas en las que estás tan bien que hasta te parece raro, tiene uno de esos días en los que sólo piensas en que todo podría ir mal. En los que, sobre todo, piensas en las cosas que a lo largo de tu vida han ido bien para luego romperse justo en el momento más inesperado y esfumarse como nubes de humo hechas de ilusión. Sí, mañana se dará cuenta de que ha sido sólo un bajón tonto sin importancia, pero hoy tiene uno de esos días en los que sólo puede acordarse de aquel aviador que no pudo evitar el volcán.

Hoy no ha sido un buen día.
(DIEGO GARCÍA)

“Más de una vez te he querido abrazar
por temor a perderte después…”

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lunes, 13 de julio de 2009

Tiene azul el corazón. Azul de nadadora.


La verdad es que él siempre ha odiado las piscinas. Su piel es muy blanca pero él nunca se gustó moreno. Tampoco le sienta bien el cloro y todo eso que le echan al agua.

Pero desde hace diez días le da todo igual. No se pierde un solo día de bañador y toalla. Le encanta caminar por el borde de la piscina porque así, en equilibrio pero sin miedo a caer, es como se siente él. Y va a acabar volviendo negro a Madrid. Y puede que tenga problemas con el cloro. Pero es que no, no puede dejar de mirarla.
(DIEGO GARCÍA)

“Hoy también llegará recién peinado,
pasará por delante sin poder disimular su amor.”
(Nadadora, Family)



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lunes, 29 de junio de 2009

Que estés a mi lado, aunque no tengas nada...


Siempre era él quien se despertaba primero de los dos. De hecho, hasta que no llevaban un par de meses durmiendo juntos, ella no se enteró de que se ponía el despertador sólo para apagarlo corriendo y verla amanecer cada día.

Así empezaban los días en su cama hasta hace demasiadas semanas. Pero, puede que por la preocupación o por la falta de sueño o a saber por qué, últimamente los primeros ojos que se abren son los de ella, y ya no hay desayunos entre sábanas ni cosquillas de buenos días.

Hoy se ha despertado pasadas las ocho y media, y ahí estaba él. Hablando entre sueños de viajes y deseos. Y entonces ella se ha puesto a llorar como la niña que aún es, porque ha visto al amor de su vida siendo feliz por primera vez en mucho tiempo pero esta vez no era con ella. Y lo ha pensado un rato y se ha dado cuenta de que jamás le había sentido tan lejos teniéndole tan cerca. Y le ha parecido mentira que con todo lo que lucharon por su historia, ahora todo se haya apagado y sólo quede la inútil cercanía de los cuerpos.

Hoy se siente egoísta y sólo le quiere a él. Aunque sea lo peor para los dos. Aunque sepa que esto no va a ningún lado y que se acaba. Aunque hoy pueda ser el último día.

Hoy ha aprendido que, a veces, las flores se mueren aunque las riegues cada día.
(DIEGO GARCÍA)

''Como un regalo que, al ensuciarse, tiró quien limpiaba…
Como un vaso después de beber el trago más dulce…''


lunes, 22 de junio de 2009

Como el papel


Esa noche volvió a pensar en ella. Habían pasado diez, quizá doce, quince años o mil desde que se prohibió recordar toda aquella historia.

Pero hoy ella había vuelto a pasear por su mente con su vestido y su bolsito a juego. Y puede que los años se hubieran llevado su voz, la expresión de su mirada o lo guapa que se ponía cuando sonreía, pero había algo de lo que jamás podría olvidarse: el color de su piel, casi de mentira, y aquella infinita melodía…
(DIEGO GARCÍA)

jueves, 4 de junio de 2009

Era una tarde tan gris como mi vida de antes...


Nadie entendía sus raras costumbres, pero eso le hacía sentirse diferente. Y en este mundo donde la gente parecía tan vacía, diferente era una de las mejores cosas que podía ser. Cuando salía del trabajo siempre se tomaba su café, pero cada día en un sitio distinto.

Nunca le gustó repetir. Y habría conocido todas las cafeterías de Madrid de no ser porque el día menos pensado sucedió lo más inesperado. Una tarde, mientras se distraía con las ondas que formaba la cucharilla en el café, alguien cogió la silla en la que nadie se sentaba nunca. Y no, esta vez no era para pedirle permiso y llevársela a otra mesa.

Él no levantó la mirada hasta que no estuvo seguro de que efectivamente alguien se había sentado frente a él. Con todo el descaro del mundo. Para qué pedir permiso. Sus ojos miraron al frente y ahí estaba ella. Unos diez años más joven que él, pero con la apariencia de llevar cientos de horas sin dormir, quizá una vida entera. La miró fijamente y ella le miró. Se quedó impresionado al ver su largo pelo rubio y sus ojos grandes y claros. Pensó que, de haberla encontrado en un cuento y no en aquella tarde tan gris, ella hubiera sido la princesa del castillo. Pero no parecía que hubiera estado en muchos cuentos y su expresión más bien parecía esconder miles de cristales rotos. Colocó su mochila rosa y sucia encima de la mesa y ahí se recostó sin apartar su mirada de él. Al rato, recogió sus cosas y salió por donde había venido.

Al día siguiente, y por primera vez en bastante tiempo, él decidió repetir y eligió la misma cafetería para desconectar de su rutina de cada día. Y diez minutos después entró ella. Un instante en la barra, agarró su batido y se dirigió a la mesa donde estaba (donde la esperaba) él. Y allí pasaron un buen rato, sin dirigirse la palabra pero sin apartarse la mirada. La expresión de esa chica le fascinaba, su forma de pedir ayuda sin hablar…

En apenas dos meses, ella se había convertido en lo mejor de su rutina y él ya no se distraía con las ondas del café. Cada uno se refugiaba en la existencia del otro, hasta el punto de que un día que él salió media hora más tarde del trabajo, cuando fue a su lugar de encuentro la vio sentada donde siempre, con su batidito en la mano y los ojos empañados. No sabía en qué momento habían empezado a depender tanto de sus tardes a las seis, pero tenía la sensación de que su mirada azul cielo ocultaba nubes de tormenta. Y lo peor es que la fascinación que sentía por ella le había impedido ver los cambios que iba sufriendo día a día: cada vez estaba más delgada, su mirada se entristecía y sus manos hacía días que temblaban cuando sujetaban el vaso. Pero él no se daba cuenta de eso. Ni siquiera al ver su ropa vieja y rota se preguntaba en qué se gastaría el dinero aquel ángel que debería dedicar las tardes a hablar de chicos con sus amigas o estudiando en vez de pasarlas con alguien como él. Sólo sabía verla a ella, no a todo lo que la rodeaba.

Por eso se le paró el alma cuando un día como otro cualquiera ella ya no apareció, y desde ese día la silla donde nadie se sentaba nunca volvió a ser la silla donde nadie se sentaba nunca, y ya nadie pedía batidos a las seis de la tarde ni se recostaba en su mochila como si el mundo sólo viviera en una mesa de bar. Y ya daba igual que la esperara durante horas o días porque la vida, como un tren que siempre va demasiado deprisa y siempre llega demasiado tarde, se la había llevado por delante como se van las mayores ilusiones: dejándolo todo más feo.
(DIEGO GARCÍA)

“La vida mil vueltas da,
en una de ellas bajaste…”


lunes, 25 de mayo de 2009

Cerillas en un apagón


Pasadas las 12 del mediodía, salieron juntos de la habitación 104 de aquel hotel de mala muerte del centro de Madrid.

Ninguno de los dos supo articular una sola palabra desde allí hasta la boca del metro. Poco después, justo donde la línea 10 separaba sus caminos, se miraron, se abrazaron, se volvieron a mirar y se fundieron en un beso. Seguramente no el mejor de sus vidas. Seguramente peor que cualquiera de los que se habían dado esa noche donde lo único que se atrevía a interponerse entre ambos era algún trozo de sábana y nada más, y nadie más. Un beso especial que les acabó sabiendo a lágrima salada porque ella no supo contener más a sus ojos, que justo ahora se empeñaban en ser sinceros. Mejor ahora, pensó.

Cuando se alejaban, ninguno de los dos se giró. Ni siquiera pudieron levantar la mirada para dirigirla de un andén a otro.

Tras diez minutos en el vagón, él sacó algo de su bolsillo. Lo miró durante unos segundos y, entonces sí, rompió a llorar.
(DIEGO GARCÍA)

La culpa es del viento,
cruzando calles de dolor.
Soñando despiertos,
dejamos el suelo tú y yo.
Corrimos hasta la mañana,
después fue peor.
La culpa es del viento,
que nos arrastró.
(Enrique Urquijo)

jueves, 14 de mayo de 2009

El color de un día triste no consigue apagar nada


“Tanto el frío de Noviembre, el cansancio y la costumbre
no conocen ni una esquina de un amor tan bien guardado…”



Si preguntas por ahí, te dirán siempre lo mismo: es un chico muy callado, no habla mucho de su vida pero no parece que sea muy feliz. En la facultad le saluda mucha gente, aunque muy pocos podrían decirte demasiadas cosas sobre su vida. Incluso hay varias chicas que se han fijado en él, más de las que cree, pero le ven tan lejos…

Para todo el mundo, es un chico triste. De ésos que si alguna vez te has preguntado lo que hace en su tiempo libre, seguro que has acabado imaginándole sentado en su habitación, viendo pasar las horas, leyendo algún libro raro o enganchado a sus millones de cómics. Él sabe lo que piensan por ahí, pero a decir verdad no le importa mucho. Hace tiempo aprendió que su vida es lo que él hace con su vida, y que lo demás da igual. Las voces que vienen de fuera apenas se oyen porque fueron ésas las que hace años le mandaron abajo, muy abajo, a punto de cruzar al otro lado. Ahora ya le da igual que hablen, ya se cansarán, no tienen ni idea.

Hoy es viernes y su vida vuelve a sonreír. Como el viernes pasado. Como el anterior. Como cada viernes desde hace ya unos meses, desde que la encontró a ella. Parecía hecha con el mismo molde que él. Nunca creyeron en el destino, pero desde que sus vidas se cruzaron sale el sol cada día, aunque ahí fuera la gente corra con sus horribles paraguas de una acera a otra. Puede que su semana en clase haya sido un horror, pero sabe que su tiempo libre es para ella, y eso le hace enormemente feliz. Puede que nadie le comprenda en casa, pero tampoco nadie puede quitarle la sensación de tranquilidad cada vez que mira esos ojos de color indescriptible. Puede que las cosas no sean tan fáciles como cuando jugaba en la alfombra de su habitación, pero cuando recorren Madrid de la mano siente que todo tiene un porqué. Sí, ella es el “pero” de todas las cosas malas.

Dan mil vueltas juntos, es el mejor momento de la semana para los dos, y al final siempre acaban en el mismo sitio. El ambiente perfecto, su música, los cuadros de Warhol, su bebida favorita… Es su refugio particular. Ese lugar tiene un trocito de ellos dos, y cada vez que suena esa canción de Family, su canción, se abrazan y entonces el mundo deja de existir.

Pero hoy es diferente. Ella está un poco más nerviosa y él se ha dado cuenta. Parece como si estuviera esperando algo. Empieza a juguetear con el borde del vaso, pero el temblor la delata. Por eso cuando se da cuenta esconde sus manos entre las piernas.

La música comienza a sonar, es su canción por fin. Se levantan, se abrazan y se balancean lentamente. De repente, ella separa su cabeza del hombro de él, que se asusta un poco al ver cómo sus ojos grandes y redondos de niña de patio de colegio empiezan a humedecerse cada vez más. Ella traga saliva y cierra los ojos por última vez antes de clavarlos en los de él. Se miran durante unos segundos y el mundo se para cuando él lee en sus labios la frase que siempre quiso escuchar. Las dos palabras que él mismo llevaba semanas pensando y que no había podido pronunciar por timidez, por vergüenza, por tonto. Ahora son sus propios ojos los que se empañan, y una lágrima corre desde su mirada de niño triste hasta su boca, que dibuja la sonrisa más sincera que es capaz de recordar.

Hoy su vida es ella. En su vida, ella es hoy. No puede dejar de mirarla. No quiere. Quién se lo iba a decir… toda la vida sintiéndose aislado de los demás, y ahora se da cuenta de que no hay sentimiento que le aleje más del mundo que ése, el de ser infinitamente feliz. Y esta noche la felicidad vive justo ahí, en el inexistente espacio que hay entre sus manos y las de ella.

Cuando salen a la calle, hace frío y la lluvia inunda la ciudad. Pero ellos no se esconden bajo ningún horrible paraguas ni corren de una acera a otra. Caminan despacio y sonriendo de la forma más tonta que se ha visto jamás. Como queriendo que el tiempo no pase más deprisa de lo necesario. Como sabiendo perfectamente que desde hace unos meses, y más aún desde esta noche, el tiempo es sólo suyo y de nadie más.

El lunes aparecerá de nuevo por la puerta de su clase, y sus compañeros volverán a pensar que el fin de semana de ese chico triste habrá sido un aburrimiento porque el viernes pasado tampoco estaba con los demás en la discoteca donde la gente que se considera normal suele malgastar sus noches entre alcohol, ruido y humo. Y él saludará al entrar y les mirará con esa media sonrisa que vuelve locas a las chicas durante unos segundos, justo antes de que se den cuenta de que en realidad está tan lejos…
(DIEGO GARCÍA)

“Les veo bailar callados sobre un amor tan fuerte,
ella dirá aquello que él no se atreve…”


lunes, 20 de abril de 2009

Y tan sólo me pregunto si tomarme vacaciones de mí misma


Ahí está. Sentada en su habitación a cualquier hora de cualquier día de la semana, porque en sus días desde hace tiempo los domingos son muy parecidos a los miércoles. En la cama. Asomada a la ventana. En la silla ante el ordenador. En la maldita canción que hoy suena sin parar para recordarle que su vida no es la que quería vivir.

Parecía que cumplir los 20 sería el comienzo de una nueva vida, de empezar a “ser mayor” y de disfrutar más de las cosas, pero años después se ha dado cuenta de que desde entonces la vida no se ha portado muy bien con ella. Le enseñaron desde muy pequeñita a no mirar a los demás y ahora está segura de que las comparaciones, estando ella de por medio, siempre son odiosas. Todos le dicen que nunca cambie, que es una persona muy valiosa porque como ella hay una en el mundo y no más. Y ella lo sabe, en el fondo le gusta ser como es, pero esos caminos le conducen a unas metas tan raras...

A veces mira su móvil, buscando en la agenda alguien a quien recurrir. Una mirada amiga que la convenza de que la cancioncita que hoy no para de sonar no tiene razón, que hay gente a su alrededor y que sentirse comprendida no es imposible. Y no, no la encuentra. Su agenda está llena de gente que ella no quiere ni ver porque le hicieron sentir mal, y también de muchos que estarían encantados de compartir una noche con su cuerpo, pero jamás aceptarían dedicar siquiera unos meses a conocerla, aunque sólo fuera por callar a tantas y tantas voces que dicen que jamás encontrará a nadie que la quiera. Ni siquiera por probar. ¿Quién quiere complicarse la vida con alguien así? Cuando tienes veintipocos lo último que buscas es problemas, lo quieres todo rápido y a ser posible, fácil. Y cualquiera que la conozca mínimamente sabe que “rápido” y “fácil” no son palabras que encajen muy bien con todo lo que tiene dentro.

Y claro, se ha vuelto desconfiada. No con las personas, sino con su propia suerte. Por experiencia, las cosas en su vida han tendido siempre a empeorar, y ahora tiene algo parecido al miedo cuando ve una puerta abierta. Por eso hay fotos que se ha autoprohibido mirar. Por eso hay un nombre que se salta cada vez que mira su agenda. Sabe que detrás de él está la esperanza de que todo esto tenga un sentido. Está convencida de que dentro de cada una de las letras de su nombre está todo lo que necesita, por mucho que sus amigas insistan en que no se monte historias, que esto jamás saldrá bien, que está fantaseando con algo imposible. Pero sus amigas no saben que, hace unas semanas, ella soñó que por fin tenía motivos para creer y para darle una oportunidad a su sonrisa, ellas no estaban esa mañana ahí para ver cómo le cambió la cara cuando se dio cuenta de que todo era un maldito sueño feliz. Ni tampoco saben que cada vez que habla con él, sus ojos se iluminan y sonríe de la forma más tonta del mundo. Ni que cuando termina la conversación ella siempre llora como una niña porque no sabe cuándo será la próxima vez que todo será bonito sólo porque él esté al otro lado.

Lamenta que jamás tendrá valor para hacerle saber que no le ha hecho falta tenerle delante para sentir que haría auténticas locuras por él, por la persona que llegó a su vida en el momento justo y con las palabras justas para crear una estúpida ilusión. Y entonces odia a su ordenador, a la distancia, al miedo y a todo lo que la separa del abrazo de la persona que día a día está alegrando su vida sólo por ser, sólo por estar.

Sus amigas tienen poco poder de convicción, pero al final ella acaba haciendo como que las cree. Para que se callen y también para no admitir que ha dejado de confiar en su suerte y que en el fondo ella también sabe que todo va a salir mal porque, en las películas bonitas, ella está siempre en las butacas, nunca en la pantalla.
(DIEGO GARCÍA)

sábado, 7 de marzo de 2009

Y soñó la libertad


Desde su celda, sólo se podía ver el mar. Y una casa blanca entre el azul.

Le encantaba asomarse cada mañana y ver cómo se levantaba esa persiana y aparecía ella. Con la misma cara de sueño de siempre, pero resplandeciente como nunca. Su pelo largo y negro, como largos y negros se le habían hecho los días, los años, entre aquellas cuatro paredes hasta que María levantó aquella persiana por primera vez. En realidad no sabía su nombre, pero para él era María desde la primera vez que la vio a lo lejos. Habría dado lo que fuera por preguntarle su nombre, por comprobar si sus ojos eran tan azules como él se los había imaginado, o su voz tan cálida como la tarde de Agosto en la que comenzó a sentir cosas raras en su estómago.

Y cada vez que la veía, olvidaba el motivo que le había llevado a pasar entre rejas el resto de sus días y sus noches. Prefería olvidarlo. Porque pensar que en otra situación podría ir a hablar con María, abrazarla, conocerla poco a poco, enamorarse de cada uno de sus detalles... Pensar que había perdido la oportunidad de vivir todo eso le hacía sentirse el hombre más pequeño del mundo. Y el más estúpido.

María lo era todo. Podía estar mañanas enteras asomado, esperando los diez segundos en los que ella aparecía con su sonrisa. La vida había empezado a tener otro sentido desde que hace años la imagen de María inundaba sus pensamientos. No pensaba en las rejas, ni en la asquerosa comida que le daban, ni en su vacío futuro... Sólo en María. De día en la ventana. De noche en sus sueños.

Soñaba que estaba con ella, que la celda donde estaba encerrado se convertía en su cuerpo y que las noches de paredes frías se convertían en noches de labios calientes. Y soñaba también que le decía “esta noche por fin salgo de aquí, verás qué bella es mi ciudad”. Le enseñaría las puestas de sol, las noches en el puerto, la playa en Octubre... todas las cosas que hacían que un día cualquiera fuera inolvidable precisamente por eso, porque había empezado siendo un día cualquiera. Él quería días cualquiera, quería llenarlos de planes y que sus planes se llenaran de ella.

Uno tras otro, los años fueron pasando. Su pelo se había vuelto blanco pero apenas se daba cuenta porque sus ojos poco a poco se le habían ido apagando. Para María también había pasado el tiempo, pero seguía siendo lo mejor de cada día en la vida de aquel viejo soñador. Pero cuando durante tres días seguidos esa persiana dejó de subirse, algo tembló dentro de él.

A nadie le extrañó que su vida también se fuera apagando desde ese momento. En realidad, todo se reducía a que antes cada día era un día más, y ahora cada noche sólo pensaba: “un día menos”. Entonces su alma volvió a vivir encerrada, como antes de conocer a María. Entonces se dio cuenta de lo que aquella mujer había conseguido: hacerle feliz día tras día sin ni siquiera saberlo, hacerle sentir más libre que muchos de los que estaban fuera de aquella celda. Darle un motivo para soñar, el motivo más bonito del mundo.

No podía hacerse a la idea de que no iba a verla más. Sabía perfectamente que las personas llegan y se van, pero se negaba a asumir que María había desaparecido para siempre. Que ya no iba a haber ni amaneceres, ni puestas de sol, ni paseos por la playa junto a ella. También sabía que su condena era para siempre y que, siendo realistas, eso jamás hubiera podido pasar. Sí, todo eso era verdad. Pero también sabía que María había encendido una llama que jamás había pensado que podía encenderse en él: la llama de la ilusión. La llama que mantenía su vida encendida, aunque sólo fuera por levantarse un día cualquiera y que de repente apareciera a lo lejos ella con su sonrisa y sin articular palabra, sin ni siquiera darse cuenta de que alguien la miraba y como cada día desde hacía muchos años, le dijera que la vida puede ser preciosa.


(Escrito por Diego García en Marzo de 2009, basado en una de las más maravillosas canciones que se han escrito jamás)


martes, 10 de febrero de 2009

El cántaro se rompe, y se secó la fuente...

“Otra vez no. Otra vez a mí no, por favor...”, se oía en su interior aquella noche. La más fría de sus 20 años de vida.

Cuando amaneció, aún estaba todo oscuro. Y en la calle también. Abrió los ojos, se sentó en su cama y encendió el móvil. Otras mañanas, esa pantallita le recordaba que sí, que ahora por fin tocaba ser feliz, que había conseguido lo que tanto tiempo llevaba deseando, que su historia de cuento había acabado como Dios manda, con un precioso final. Pero ese día no, ese día ya ni creía en Dios. Al mirar el móvil, se dio cuenta de que no había sido sólo una pesadilla. Que esa tarde de domingo había existido en realidad. El cántaro, de tanto ir a la fuente, había acabado por romperse en mil pedazos. Eran las 7:21, y esa mañana de Noviembre iba a ser más difícil que nunca ponerse en pie.

El día fue avanzando, aunque su reloj se había parado la noche anterior. Aún no podía creérselo. No podía creer que quien había pronunciado esas palabras había sido ella, la persona que un día le robó su corazón como se hacen las mejores cosas: sin permiso. La de la sonrisa de niña traviesa. La de los andares de princesa de barrio. La que al principio le pareció una más y luego con un beso se convirtió en la única. Ella, la que dos días antes le había dicho que jamás se separarían. No encontraba la forma de explicarse a sí mismo cómo pudo pasar, qué tecla tocó mal para que ahora se sintiera vacío de vida, vacío de ella.

De noche, sin sus amigos cerca, sin fútbol, sin sus videojuegos, sin sus cómics, era mucho más difícil dejar de pensar. Y pensaba. Él habría dado lo poco que aún le quedaba por conseguir mantener la cabeza fría, pero el calor de las lágrimas corriendo por su cara no ayudaba a ello.

Pensaba en su vida, en qué sería de él ahora... Y no le gustaba lo que veía. No quería volver atrás, a cuando su vida era una montaña rusa. No quería volver a buscar excusas en casa para pasar la noche en otras casas. Le daba miedo volver a cuando la almohada olía cada mañana a un perfume distinto. A él le gustaba el perfume de su niña, ya no quería perfumes nuevos.

Durante esa semana, habló con todos sus amigos. Todos le intentaban animar: “Tú eres un buen chico, no vas a tardar en encontrar otra vez el amor...”, “Tienes sólo 20 años, estás aún en la flor de la edad...”. Él lo agradecía, le encantó poder contar con toda la gente que le quería, pero esas frases de ánimo no conseguían convencer a su corazón. A ese maldito corazón que siempre le había llevado por caminos llenos de rosas llenas de espinas. Ese corazón perdió la vista, el oído y la comprensión hace ya algún tiempo, probablemente en el mismo instante en el que vio la sonrisa más bonita del mundo, y ahora cada latido tenía la insolencia de preguntarle por ella. No quería consuelo, no entendía de razones. Quería latir junto a ella.

Él no volvió a ser el mismo. Ahora ya sólo era media persona. La otra mitad se había ido muy lejos ya, murió aquella tarde de domingo. Lo había dado todo por el amor y se le había roto en las manos como se rompe un castillo de mil naipes. Mil, todos iguales. Todo apostado a la misma carta. Toda su vida sobre la mesa, todo por la reina de corazones. Todo o nada por esa sonrisa.

La partida estaba perdida, y el precio que tenía que pagar era demasiado alto: vivir sin ella. Despertarse y no ver su manita sobre él. No volver a acariciar su pelo, no volver a juguetear desde su diadema hasta el final de cada uno de sus rizos. Tener que olvidar su mirada de niña perdida. Pasar el resto de sus noches sin escucharla susurrar mientras su cuerpo ardía y su respiración se aceleraba. Vivir sin la sonrisa más bonita del mundo.

Un sábado de Enero, salió a la calle y tres horas después apareció en casa cargado de bolsas: el abrigo que su madre siempre había querido, un trenecito de madera como el que su padre nunca había conseguido tener, el videojuego que su hermano pequeño pidió y los Reyes Magos no le pudieron traer. Se le caían las lágrimas al ver las caras de ilusión de la gente que él más quería. Se había gastado todo lo que tenía. Bueno, todo menos 35 euros, que acabaron al día siguiente en las manos del taquillero del Calderón. Esa tarde animó a su equipo como nunca. Ya no abucheaba a ese defensa lento, ni siquiera al entrenador cuando sustituyó a su jugador preferido, el rubito ése de los tatuajes que llevaba el número 9 y el brazalete de capitán con tanto orgullo como él mismo lo habría podido lucir esa tarde. Su equipo se fue del campo entre pitos, pero él aplaudía como si hubieran ganado por goleada, quizá agradeciendo 20 años de pasión, quizá acordándose de aquella tarde de Mayo del 96.

Al día siguiente, el asiento que siempre ocupaba en la facultad permaneció vacío todo el día. Nadie se sentó en el sitio donde desde hacía meses se podía ver dibujado un corazón con una inicial dentro.

Horas después, ya todos sabían que había decidido rendirse en su lucha por intentar vivir sin mitad.

En la mesa de su habitación, junto a la ventana, una nota:



Y en el móvil de cada una de las personas que siempre le apoyaron, un mensaje:

“Maldito corazón... No pude convencerle...”.

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(Escrito por Diego García en las primeras noches de Febrero de 2009, mucho tiempo después de empezar a tener toda esta historia dando vueltas por la cabeza)

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